Las frutas cítricas, gracias a su gran contenido en vitamina C, intervienen en la formación de colágeno, huesos y dientes, glóbulos rojos, favorecen la absorción del hierro de los alimentos y aumentan las defensas ante las infecciones. Se cree que la vitamina C actúa como un escudo protector contra los resfriados.
Su consumo es más beneficioso en invierno y en los cambios de estación cuando suelen producirse altibajos en el sistema de defensas de los niños y son más vulnerables a sufrir resfriados e infecciones.
Los cítricos pueden incluirse en la dieta del bebé, como generalidad, a partir de los seis meses de edad. Sin embargo, al ser potencialmente alergénicos hay pediatras que recomiendan retrasarlos hasta el año de edad en caso de existir antecedentes de atopia en la familia o si se observa que provoca en el bebé malestares como ardor, reflujo, cólicos, gases o heces ácidas.
Una vez cumplido el primer año, los niños deberían consumir dos piezas de fruta y una de ellas debería ser cítrica.
En cuanto a sus características nutritivas destacan su escaso aporte en calorías, su alto contenido en agua, vitamina C, ácido fólico, sales minerales como potasio (en altas cantidades), magnesio, hierro, fósforo y calcio, beneficiosos para el equilibro físico y mental, y de beta-caroteno, pro-vitamina con propiedades antioxidantes.
Es una importante fuente de vitamina C, esencial para la salud del organismo pues favorece la absorción de otras vitaminas y minerales. Además, al ser antioxidante previene enfermedades cardiovasculares y degenerativas.
La pro-vitamina A (beta-caroteno) interviene en el buen estado de la visión, de la piel, el pelo, las mucosas, los huesos y funcionamiento del sistema inmunológico.
La naranja también contiene fibra soluble, la mayor cantidad debajo de la piel y entre los gajos, por lo que consumida entera o en zumo pero con pulpa es indicada para mejorar el estreñimiento en los niños.
Entre las naranjas dulces encontramos cuatro grandes grupos: navel (azucarada e ideal para los niños porque no contiene pepitas, la más popular es la navel washington), naranjas blancas, naranjas sanguinas (ideales para zumos) y sucreñas.
La mandarina contiene un 88% de agua, hidratos de carbono, fibra, vitaminas, minerales, beta-caroteno y antioxidantes. A pesar de que la mandarina aporta menor cantidad de vitamina C que la naranja, su aporte es elevado y es una excelente fruta para ofrecerle a los niños. Por su facilidad para pelarla y comerla con la manos es ideal para los más pequeños.
Actúa estimulando la formación de anticuerpos y la actividad de los fagocitos (células que fagocitas partículas extrañas como bacterias o microbios), por eso tiene una importante acción anti-infecciosa.
Es la fruta que más carotenoides contiene, con un gran poder antioxidante. Actúa contra los radicales libres protegiendo al organismo de enfermedades cardiovasculares, degenerativas y cáncer.
Contribuye a prevenir la anemia ferropénica, pues su contenido en vitamina C favorece la absorción del hierro de otros alimentos. Es depurativa y gracias a su alto contenido en fibras se recomienda en caso de estreñimiento. Es diurética ayudando a eliminar toxinas del cuerpo y su contenido en ácido fólico interviene en los procesos de multiplicación celular.
Una buena alimentación es vital para que el niño crezca sano y fuerte. Comer bien afecta no sólo a su crecimiento físico, sino también a su desarrollo intelectual.
Una correcta alimentación del niño durante los primeros años de vida puede repercutir positivamente en su estado de salud, así como en su habilidad para aprender, comunicarse con los demás, pensar y racionalizar, socializarse, adaptarse a nuevos ambientes y personas y, sobre todo, en su rendimiento escolar. Una buena alimentación puede influir notablemente en su futuro.
La alimentación es la base necesaria para un buen desarrollo físico, psíquico y social de los niños. Por ello, una dieta saludable es vital para que su crecimiento sea óptimo. Es recomendable no abusar de las grasas vegetales y comer al menos, cinco veces al día frutas y verduras. Una buena nutrición y la práctica de ejercicio es la primera línea de defensa contra numerosas enfermedades infantiles que pueden dejar huellas en los niños de por vida. La ingesta de nutrientes es distinta en función de las distintas etapas de su evolución.
Una buena nutrición y una buena salud están directamente conectadas a través del tiempo de vida, pero la conexión es aún más vital durante la infancia. Durante este período, los niños pueden adquirir buenos hábitos alimenticios en lo que se refiere a la variedad y al sabor de las comidas. Los efectos de la desnutrición en la primera infancia (0 a 8 años) pueden ser devastadores y duraderos. Pueden impedir el desarrollo de la conducta, el cognitivo, el rendimiento escolar y la salud reproductiva, debilitando así la futura productividad en el trabajo.


